Enero.
Ese mes de frío y viento.
De tiempo revuelto
y muchos recuerdos.
Enero.
Mes de cumpleaños,
y aniversario.
Ya son 4 años.
Tus manos acarician mi cabeza,
tu mirada en mi mente revolotea,
tu voz al oído me canturrea
y yo me quedo muy quieta.
No quiero moverme
ni un sólo milímetro.
No sea que despierte
y ya no estés conmigo.
Era pura lucha tu presencia.
Valentía, poder, iridiscencia.
Toda tu vida, resiliencia,
toda coraje, toda paciencia.
Era pura tu mirada,
ardiente como lava,
y tan pura tu alma
siempre en calma.
Enero.
Invierno.
Una tarde helada.
Enero.
Mes negro.
Tú encamada.
Enero.
Silencio.
Tú te apagas.
Esperabas paciente en la cama
mientras todos alrededor se impacientaban.
Al fin llegué y tu mano sujeté.
Tus ojos cerrados apenas hablaban.
Te saludé, te hablé.
Mis miedos te confesé.
Por fin algo te agradecí
y de todo me arrepentí.
Tú escuchaste paciente
mi desahogo deprimente
y ese llanto inminente.
Tú me respondiste,
sin moverse, tan inerte,
me sonreíste.
Te besé y te lloré,
aunque aún estabas ahí.
Me despedí y me fui.
Ya tú debías partir.
Los médicos nunca hallaron la razón
por la cuál te mantuviste con vida
tanto tiempo pese a la medicación.
Yo conozco la explicación:
necesitabas mi despedida
y me esperaste sin condición.
Porque hasta en el último momento de tus días,
necesitaste saber de mi para estar tranquila.
Incluso esa fría tarde de enero
luchaste cada aliento por mi beso.
Porque hasta el fin de tu agonía,
aguantaste un poco más
para proteger a tu hija querida
en tu batalla final.
Enero.
Te sueño.
Me alegro.
Enero.
Te vas.
Me hielo.
Enero.
Despierto.
Me muero.
Enero.
Recuerdos.
Duelo.


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